El secreto del buen humor

El buen humor, la sonrisa fácil y espontánea, es un síntoma envidiable, ¿verdad?

Todo el mundo entiende que uno está de buen humor cuando las cosas le van bien y de mal humor o triste cuando no es así, es lo que nos dicta el sentido común. Juzgamos las circustancias de nuestra vida y determinamos hasta que punto nos va bien o mal, de manera que en función de este juicio establecemos nuestro ánimo. Pero es imposible que todos y cada uno de los aspectos de nuestra vida sean perfectos así que nos asimos a  aquellos que resultan favorecedores e intentamos armar nuestra imagen interior con aquellas partes de nosotros que nos agradan y ocultamos o deshechamos las que resultan desagradables o nos angustian. De esta manera elaboramos una suerte de “collage” de nosotros mismos que no es sino como nos gustaría que la gente  nos percibiera, porque a fin de cuentas esa es la imagen “ideal”  tanto para nosotros mismos como para el resto del mundo.  Pero esta representación interior  es insuficiente para entendernos realmente y en profundidad. La pregunta  importante sería: ¿Quién establece qué aspectos de nosotros mismos son aceptables y cuáles no? La respuesta nos brinda una visión más acertada de nuestra vida interior:  podría describirse como un juego en el que participamos  denominado autoestima, en el que nuestro adversario es el Ego. Te contaré las dos reglas principales de este juego.

En primer lugar aunque parece que es un juego interior tiene mucho de fachada, de imagen. Las circunstancias que juzgamos como desgraciadas muchas veces no lo son tanto por lo que representan realmente para uno mismo, sino por lo que pensamos van a juzgar de nosotros los demás. Nos decimos apesadumbrados: “¡qué va a decir la gente de mí!” y este pensamiento a veces tiene incluso más peso y nos hace más daño  que el propio mal que estamos sufriendo. Sucede entonces que nos vemos forzados a vestir esas circunstancias adornándolas de argumentos y razonamientos no sólo para consolarnos nosotros, sino también para presentar una fachada “digna” ante el resto. Este juego resulta agotador porque el ego siempre nos mostrará las dudas, las cuestiones en las que flaqueamos y podríamos ser mejores, aquello de lo que carecemos… tenemos que estar permanentemente reconstruyendo esta desfigurada imagen que constituye el “cómo queremos vernos”. El juego de la autoestima es un ejercicio mental agotador e interminable.

En segundo lugar, es importante que sepas que en este juego nunca podrás ganar. Habrá fases del juego que te parecerán más o menos favorables, pero es inevitable que la vida te presente dificultades, contrarierades, adversidades. Si esperas tener una vida libre de todo sufrimiento, ojalá me equivoque, pero te auguro importantes decepciones, de hecho éstas serán proporcionales a la grandeza de tus expectativas. Las personas pueden decepcionarte, las circunstancias de tu vida pueden torcerse, las cosas no tienen porque ir como a cada cual le gustaría y… todo tiene su fin. Por si fuera poco este elaborado collage que has fabricado se desbarata con la más ténue brisa. Un simple pensamiento, una mirada en el espejo, un comentario de alguien,… puede echar abajo lo que tan arduamente has construido. Puede que tengas  “referencias” en tu derredor de personas que “parece” pueden estar mejor que tú objetivamente – juzgando a través de sus circunstancias- pero tal vez si escarvaras en su interior descubrirías que están jugando al mismo juego de la autoestima, y por  tanto hallarán las mismas insatisfacciones, dudas y angustias… y es que las circunstancias siempre son mejorables. Es un error basar la propia felicidad en tus circunstancias y más aún juzgar a los demás por las suyas.

Y es una lástima que dejemos que sean las circunstancias las que dirijan nuestra felicidad. Eso significa que viajamos en una balsa a merced de las olas. Unas veces el viento nos empuja en la dirección correcta,.. y las más de las  veces no. Cuando llega una tormenta la balsa se desmadeja y es necesario reconstruirla penosamente uniendo de nuevo los tablones de lo que nosotros consideramos son las cosas “buenas” que poseemos. ¿Por qué estar sujeto a ese oleaje caprichoso cuando se puede volar por encima de este mar,  más allá de las nubes? Expresado de otra manera, en este navegar a la deriva no tienes la menor opción, mientras atas un madero a la balsa por un lado ésta se deshace por el otro extremo. Lo mejor que puedes hacer para recuperar tu buen humor, si lo has perdido, es abandonar el juego y reirte de las tentaciones de tu adversario, de la angustia  inspirada en el miedo, de las punzadas provocadas por lo que no posees, de la tristeza alentada por lo que no eres. Tómate a broma la imagen que tu ego querría hacer de ti. De hecho ¿no crees que sucede que cuánto más en serio se toma una persona a sí misma, menos alegría habrá en su vida?

El secreto del buen humor como algo perenne al margen de las circunstancias buenas o malas, se da  en aquella persona que crece interiormente y radica precisamente en comprender en todo momento que siendo el objeto de su vida espiritual lo más importante -esto es amar y crecer en amor-, las circunstancias de la vida son simplemente eso, circunstancias, algo siempre accesorio y siempre coyuntural. En el peor de los casos, en los malos momentos, para el que se esfuerza en crecer espiritualmente, las circunstancias son un crisol en el que algo maravilloso puede suceder. Ante la adversidad te refugias en el desprendimiento, en el abandono interior en manos de Dios, el comprender que de nada sirve estar apegado a nada… ante el roce con las personas vives el perdón, la renuncia a uno mismo, y experimentas a través de ellas la dicha de crecer en amor, ¡qué maravilloso resulta el perdón o la renuncia a sí mismo cuando el contrapeso no es el amargo orgullo sino el amor puro! A través de ellos pierdes el miedo al mundo, nadie puede hacerte un daño verdadero porque saberte capaz de perdonar rompe todo tipo de muros y barreras… Puedes llegar al corazón de las personas porque tú mismo abres tu corazón. Todo ello te conducirá siempre a la paz interior porque este camino entraña una profunda aceptación de uno mismo, abarca tus limitaciones y carencias pero también  tus dones y talentos. Cuando esta vida espiritual se hace fuerte en tu interior comprendes la gran, la inmensa fortaleza del espíritu humano, que cuando busca principalmente  a Dios, el esplendor de esta búsqueda hace que todo lo demás pierda su colorido, su relieve, su importancia. Tanto que incluso lo que antes te angustiaba y entristecía es ahora fuente de crecimiento … de experimentar realmente el amor.

Así no se puede tener miedo a nada. ¿Cómo no vas a estar alegre siempre?

¿Quién de vosotros podrá, por mucho que se afane, añadir a su estatura un codo?  Mateo 6, 27

Más sobre este tema:

La raíz de la alegría

El fin del miedo

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Una respuesta a “El secreto del buen humor

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