Consuelo

En la oscuridad no hay luz, y como no hay luz nada se ve. De la misma manera en el espíritu humano que no hay luz sucede que el bien y el mal se cruzan y se enredan, y cuando piensas incluso en el bien, como está enredado con el mal, sufres de la misma manera que cuando se tira de una cuerda que está enredada con muchas otras, no puedes extraer los frutos buenos que nacen del bien porque éste a su vez tira del mal y de sus malos frutos. Nada se saca de la confusión.

Cuando una persona sufre muy a menudo, en su pesar coexisten diferentes causas enredadas… unas procuran consuelo y otras provocan dolor, pero en la oscuridad interior, apenas se puede distinguir lo uno de lo otro y todo lo atribuímos a que en la aflición y adversidad es lo normal el dolor y el sufrimiento… en esa normalidad el alma yace paralizada, e incapaz de moverse, queda aquejada del llanto y pena.

¡Qué difícil es procurar verdaderas palabras de consuelo!. Voy más allá del simple escuchar, o el procurar hacer compañía, que ya de por sí es una gran labor, porque el desahogo es una fuente de paz… sino del hecho de ser capaz de curar al que sufre – sobre todo a aquel que carece de vida espiritual o ésta es mínima-, de ser capaz de desenredar las hebras del mal de las del bien, para que una vez separadas, unas sean deshechadas y las otras sean las que permitan tirar del alma para sacarlas de su dolor.

Las hebras del bien son aquellos pensamientos que tienen su raíz y su fin en el amor mientras la del mal son las que se fundamentan en el egoísmo. En la oscuridad ambas no se diferencian… no distinguimos lo que es necesidad del egoísmo y que a veces entendemos como amor y lo que es la entrega del amor verdadero. Pero si quieres consuelo habrás de conocer la diferencia porque mientras que unas te procuran paz y plenitud, las otras te darán dolor y desasosiego.

Cuando has perdido a un ser querido, por ejemplo, te quedará el vacío y el dolor que tienen su raíz en la necesidad del que desapareció. Es la marca que tiene su origen en lo que esperabas del otro, lo que recibías de esa persona… era su amor que él o ella te entregaba lo que te llenaba. Sin embargo esta espera, esta necesidad que tenías de esa persona y que te completaba tiene un fundamento egoísta porque tu alma se alimentaba de una fuente externa, una fuente que como sucede tarde o temprano con todas las cosas que se apoyan en lo terrenal, se ha secado. Por el contrario, la fuente del consuelo se encuentra en tu interior, yace en  el amor que tú dispensas,… ¿Cuál es? Reside en el saber que obraste todo el bien posible por la persona que ahora no está, lo que te desviviste por ella, los sacrificios que hiciste, todo lo que tú hiciste o intentaste hacer con tú mejor intención por el bien del otro… Nada de eso se pierde, pero incluso quizás eso no baste. Sigue leyendo entonces…

Todos desaparecemos tarde o temprano, es ley de vida, y saber que vivimos con entrega desinteresada respecto a nuestros seres queridos, pero respecto al prójimo en general, es lo que colmará tu alma y tu vida. Aún asi, siempre descubrimos que nuestra entrega fue corta, y mucho, muchísimo sería lo que rectificarías ahora, ¿no es así? Ante este desconsuelo, en el momento presente, hay incluso una salida que procura el alivio, y esta es la del dulce arrepentimiento.

El arrepentimiento no se trata de un dolor inútil, es realmente muy beneficioso, porque de ese dolor que nace y muere en absoluta paz de espíritu, emerge la voluntad de cambiar, es capaz de rectificar el pasado haciendo nuevas personas de nosotros. Del cambio interior puede brotar una nueva luz, que lejos de sumirte en la desesperación te lleve a una mejor vida, una vida más aprovechada, más plena de amor. Si bien has perdido a alguien que amabas… ¿no es cierto que siempre queda alguien en quién poder volcar esa capacidad de rectificar, de obrar de forma diferente, mejor,  a como habías hecho?. Aprovecha entonces y cambia.

Si has perdido un ser querido, si has sufrido un dolor o una pérdida grande, has de saber que el consuelo lo hallarás en el amor puro y que en el egoísmo y sus necesidades se encuentra el dolor. El primero te hace crecer y te mejora como persona, el segundo te empequeñece, te oscurece. En la vida del Espíritu, la adversidad, por dura que parezca, es fuente de Vida.

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