Voluntarismo… o volar con las alas del espíritu

Todos tenemos una capacidad de estar por encima de los sufrimientos y angustias de la vida pero para descubrir esa capacidad habrás de conocer tu naturaleza espiritual y ahondar en ella.

Es posible que tú, lector, seas una persona creyente… entonces la pregunta con la que encabezaría esta entrada sería la siguiente; ¿has aprendido a volar con las alas del espíritu? O dicho de otra manera, ¿tu fe te proporciona una vida plena llena de paz o es realmente un condimento escaso con el que adornas algunas mañanas de domingo y que te proporciona una vaga sensación de “estoy haciendo lo correcto”? No es mi intención causar desasosiego, simplemente quiero incitar a una simple reflexión e indicar un posible rumbo a tomar… tal vez arrojar algo de luz con estas palabras que siguen.

Puede haber habido momentos en nuestra vida en la que la fe nos atrajo, nos sedujo la capacidad de obrar el bien. Tal vez fuera la lectura de la vida de un santo, tal vez fuera una persona cercana la que nos animó e incitó a prestar más atención y tiempo a nuestra fe, o por la cultura y la educación que recibimos en el seno de nuestra familia era una inquietud que estaba arraigada en nosotros… es posible que la fe tenga una raíz costumbrista. Tal vez un día tomamos esa inquietud como un empeño mayor y deseamos ser mejores personas… acercarnos a Dios de verdad. Pero este deseo se ciñe a nuestra voluntad, de la misma manera que un día pensamos que vamos a dejar de fumar o nos fijamos un propósito cualquiera… es entonces, verdaderamente, este empeño en vivir  la fe como un acto de nuestra voluntad una carga pesada con la que apenas podemos avanzar. Habrá personas que apenas cumplen escasamente “obligaciones” de índole religiosa y en los que su vida personal apenas “siente” ese anhelo de bondad, que queda como una lejana meta de perfección propia de sacerdotes y monjas. También los habrá que se han comprometido de una forma u otra, quizás en un movimiento seglar, a que su vida se encamine en ese ideal de vida cristiana. Son nobles deseos sin duda… pero muchas veces sucede que el alma apenas sabe levantarse, apenas sabe emprender el vuelo, y si ya la vida es dura sin ser creyente, cuánto más puede serlo si además de prescindir de las compensaciones del mundo  encima no se alcanzan las bondades de la vida espiritual. La vida se torna muy cuesta arriba. Queremos elevarnos por puro voluntarismo. Evidentemente la mayoría de la gente, aún declarándose creyente, sufre esto, por eso las iglesias están vacías, porque incluso la misa, el sacramento del Amor, acuden tan pocas personas, porque no son capaces de ver lo qué significa, ni lo que obra en ella. ¿Qué hacer?

Lo que sucede en tu corazón, si te identificas con esta situación que describo, es que todo lo haces en el plano humano y no sabes volar con las alas del espíritu, sucede que todo lo espiritual agota o te aburre. Sucede que la razón se da cuenta de lo que es bueno y es deseable, comprende dónde puede residir la bondad, comprende o intuye lo que es el amor… pero sin embargo el alma sigue tirando en una dirección distinta. El alma anhela las cosas del “mundo”… desea obtener satisfacciones en bienes materiales y en necesidades de todo tipo pero que no incluyen las verdaderamente espirituales y buscará mil excusas para no prestar tiempo ni atención a esa materia. Es posible en ese estado que estemos cerca de “lo religioso” más por nuestras amistades o circunstancias que por verdadero afán interior. El alma no ha comprendido lo bueno que es anhelar a Dios aunque la razón te presente mil motivos y lo entienda, y como no existe unidad entre lo que el alma desea y la razón quiere no puede haber paz… ni mucho menos una vida coherente. El alma que vive en este estado es la de aquel que se encuentra en el primer círculo -si me permitís la forma de hablar que utilizo en el blog y que no pretende resultar esotérica ni nada parecido-, tanteando las paredes de una fortaleza que no alcanza a comprender qué es, ni el fascinante mundo interior que hay más allá de sus puertas, se encuentra perdido en un erial yermo… no ha descubierto el tesoro que se esconde en su vida interior.

El primer don que debe adquirirse y que facilita el acceso a nuestra vida espiritual es el don de la piedad, el del gusto por las cuestiones del espíritu, y el primer hábito que da luz a ese don es el de la oración, porque en ella el alma empieza a comprenderse a sí misma y cómo buscar a Dios, empieza a entender lo bueno que entraña esa búsqueda, de cómo la vida real realmente empieza a ser dichosa, de cómo, a pesar de las tristezas y angustias que nos pueda tocar vivir, podemos volar por encima de ellas, siempre plenos, siempre alegres. Cuando el alma comprende esto será ella la que fuerce a la razón a buscar a Dios con más empeño,… y entonces habrá paz en tu espíritu. A veces queremos ser mejores personas y no sabemos por donde empezar, y quizás nos impongamos demasiado peso sobre nuestros hombros. Si tu edad espiritual es la de un niño porque no has crecido por dentro, asume el peso propio de esa edad, no seas como aquél que el primer día que acude al gimnasio pretende levantar las pesas más gruesas.

Cuando hayas aprendido a hacer oración diariamente y este tiempo empieza a convertirse en el centro de tu vida diaria, cuando sientas que puedas prescindir de cualquier afición, actividad, costumbre pero nunca dejar tu rato de oración diario, entonces será porque tu alma ha empezado a cambiar y a crecer… y con ella cambiarán las cosas que desea, y también poco a poco lo harás tú… y sucederá que lo que antes te resultaba pesado y arduo, ahora será fácil y ligero, lo que antes te angustiaba, ahora te colmará. Sí, primero aprende a volar.

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