Todo lo que te lleva a Dios te da paz

A menudo se considera la vivencia de la fe por los “creyentes no practicantes” como algo sacrificado y penoso. Significa no hacer lo que “el cuerpo” nos pide. Ser sinceramente buenos, buscar la santidad en definitiva, visto desde fuera, no es nada que apetezca. Pero yo te digo, esa búsqueda, realizada sin escrúpulos ni componendas, es la plenitud de la vida, es descubrir que cada instante de la vida puedes llenarlo de amor. ¿Cómo es posible si parece que debiera ser una existencia de lo más antipática? Entonces afirmo lo que digo con el encabezado de esta entrada. Todo lo que te acerca a Dios te da paz… y esto lo remarco sobre todo pensando en aquellas personas que intentan vivir la fe pero que no encuentran en ella esa plenitud de la que tanto  hablo en este blog; ¡no saben lo que tienen al alcance de la mano y se están perdiendo! Y voy a abordar este aspecto precisamente desde su lado más “antipático”: lo que implica renunciar a uno mismo.

¿Alguna vez has luchado contra ti mismo? ¿Te has vencido de verdad?

En nuestra sociedad se destila mucho el hacer lo que a uno le apetece. Lógicamente nuestros compromisos nos “obligan” a hacer cosas que quizás no nos apetecen pero que no queda más remedio que cumplir. En nuestra báscula interior sopesamos los pros y los contras, y cuando los primeros son más pesados, cumplimos más o menos a regañadientes con lo que se espera de nosotros. Por si tuvieras alguna duda la aclaro: Esto no es vencerse a uno mismo.

Veamos un ejemplo, pero un ejemplo en el que te sientas reflejado. Puedes buscar en tu interior un recuerdo, el más reciente posible, y valorar cuál fue tu actitud. Este es un experimento muy sencillo. Recuerda algo que te daba desagrado cumplir. Si eres estudiante sirve el realizar la tarea en tiempo y forma por ejemplo según te requerían tus padres. Como marido podía ser una visita a la familia de los padres de tu mujer. Como esposa podría servir de ejemplo el recoger las cosas desordenadas de tu  marido… En el trabajo, realizar una tarea que no te incumbía directamente a ti haciendo un favor a un compañero. Todas las situaciones son percibidas con el denominador común de ser “un fastidio”.  Y las hiciste, claro. La pregunta es… ¿cómo te sentiste? Te diré que si piensas que lo importante era cumplir yo te responderé que no. Lo importante es cumplir pero de corazón. Si hiciste la tarea de mala gana pensando en un posible castigo tu corazón quedó resentido, si fuiste a casa de tu suegra pensando en una compensación posterior o en una posible desagradable discusión, tu corazón se quedó pendiente de un resarcimiento, si hiciste algo por tu pareja que quizás no te correspondía y eso te dejo una amargura interior es que no obraste de corazón, si hiciste algo que no te correspondía por un compañero pero te quedaste  dolido no hay generosidad en tu corazón… a pesar de haber hecho lo que hiciste!

¡Qué importante es ver cómo hacemos las cosas y por qué! Antes de obrar incluso lo que parece es bueno, es necesario buscar a Dios en nuestro interior, ver si no estamos contemplándonos a nosotros mismos realmente, porque incluso de esa adversidad brotará un fruto que nos hará mejores, ¡creceremos en amor! Cada contrariedad es un tesoro. Si cumples con lo que tus padres te exigen, no por no verte castigado sino por verles satisfechos a ellos, si cumples tus obligadas visitas familiares con la mejor de las disposiciones, si buscas volcar el cariño por tu pareja en cosas invisibles que casi no se aprecian, si todo lo que haces en tu trabajo lo llenas de amor… qué grande puede ser tu corazón en poco tiempo, y qué alegre. Cuando encuentras la recta intención en lo que haces no quedan posos amargos, no hay resentimientos, ganas de compensaciones ni venganza, queda paz, queda alegría. Cuando el amor crece no es de otro modo.

No existe nada que te conduzca a Dios que te transmita angustia… y al revés, si algo que haces  te angustia y se supone que es bueno y te debería acercar a Dios revisa tus intenciones porque posiblemente estas obrando farisaicamente.

Pero no puedo dejar esto así sin una importantísima aclaración: si tienes la conciencia adormecida deberás despertarla. Sucede que en nuestra sociedad materialista apenas hay espacio para la existencia espiritual. Este plano debes buscarlo en tu interior a través de la oración. La oración te llevará a buscar a Dios también en los sacramentos,  poco a poco la luz del Espíritu iluminará tu interior. Si no buscas a Dios con sinceridad no habrás roto el círculo vicioso que implica vivir exclusivamente para sí mismo.

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