La trampa de la autoestima (II)

Si debiéramos poner un nombre a la fuerza de gravedad que empuja nuestra existencia en pos del saciar a nuestro ego particular el nombre de esa fuerza sería seguramente “sentido común”. Sí, desgraciadamente ese obrar prudente y sensato que parece que es el que debe gobernar la vida de una persona razonable en el fondo no es sino la correcta justificación de las acciones que emprendemos en pos de complacer a nuestro ego. Comprendemos lo que hacen los demás en busca de la consecución de sus objetivos personales porque nosotros mismos obraríamos de igual forma y método… es decir, ambos sujetos -yo y el otro- nos moveríamos en el mismo sentido… estaríamos obrando en dirección de un sentido común a ambos. La generosidad, cuanto más grande es, menos tiene de sentido común. Perdonar sincera y profundamente no es de sentido común. Amar sin esperar ninguna contrapartida o correspondencia igualmente no es de sentido común. Se me ocurren mil circunstancias personales , de amigos y conocidos, donde ante un acto generoso se piensa que “está loco”, ante un perdón sincero “yo no lo haría”, una relación desinteresada “se está equivocando”. Evidentemente el sentido común parece que no nos lleva en la hipotética dirección que haría  del ser humano una criatura más noble y generosa.

Con esta introducción sobre el sentido común ¿qué es lo que quiero poner de manifiesto? Sencillamente que vivimos tan absolutamente gobernados por la normalidad de que cada cual actúa en su propia conveniencia que se ha olvidado un sentido básico, se ha disuelto en nuestra sociedad la percepción de lo bueno y lo malo porque el egoísmo vive naturalmente instalado en el “sentido común”. En general se tiende a pensar que una persona es buena porque no ha robado ni ha asesinado a nadie… y no nos damos cuenta de que somos esencialmente egoístas, no ya por cómo actuamos, sino por la estructura inherente a cada uno de los pensamientos que cruzan por nuestra mente. Incluso se justifica el egoísmo: la evolución nos ha hecho así, el sistema económico en el que vivirmos funciona en base de la búsqueda del bienestar personal de cada individuo… y así sucesivamente.

La principal víctima de esta pérdida de la noción de lo que es bueno y es malo somos nosotros mismos. Y esta es una cuestión de vital importancia para una persona. De la misma manera que una herramienta tiene utilidad para un uso determinado y usándose correctamente cumple su cometido y manifiesta su utilidad conforme a su fin,  y si se intenta utilizar para una cuestión que no está preparada resultará un estorbo, no resolveremos el problema e incluso lo agravaremos, de la misma manera, digo, ocurre con el alma humana. Podemos intentar forzarla porque el egoísmo nos lleva a vivir de una manera determinada y después intentamos ajustar nuestros pensamientos y formas de ver la vida a fin de que nos sintamos felices y plenos -he aquí el uso que se hace de la autoestima- cuando seguramente la dirección en la que encaminamos nuestra vida no nos proporcionará nunca plenitud. Se hace un uso incorrecto del alma porque no vivimos de acuerdo con el fin para el que está creada.

¿Y cuál es la finalidad del alma? ¿qué la colma?, ¿qué le da plenitud? Mi respuesta a esto es el amor. Claro, aplicando un correcto uso del termino amor; la entrega desinteresada sin esperar nada a cambio. Y esta forma de vivir es esencialmente bondadosa. El alma humana se colma en el amor y el amor es el máximo bien. Por decirlo de una manera ridícula y pueril, el hombre está hecho para ser bueno. Obviamente cuando hablo del amor  no hablo del amor carnal, del amor apasionado, del enamoramiento fácil… ni siquiera presupongo la existencia de una relación afectiva, puede manifestarse a través de una relación sentimental, por supuesto, pero el amor es mucho más que eso. El amor es una actitud frente a la vida; desear y procurar el máximo bien a quienes nos rodean. Se puede amar a los enemigos, tal es su fuerza y tanto abarca el amor -¡qué poco tiene de sentido común!-.  Al descubrir esta capacidad en nosotros creamos un potente foco interior que sirve de contrapeso que puede anular al ego. El amor desinteresado por el prójimo es la fuente de la plenitud en la vida porque ese es precisamente el fin del alma. He aquí la paradoja: Podemos pasarnos la vida intentando complacer al ego…alimentándolo y sustentándolo a fin de que esa “opinión” que tenemos de nosotros mismos sea satisfactoria,  ¡y  perderemos el tiempo y la vida! y sin embargo, dándonos desinteresadamente, “perdiendo la vida” en apariencia porque renunciamos a saciar nuestro ego, es cuando empezamos a vivir.

Por esta razón es tan importante conocer lo bueno y lo malo. El amor que busca el darse a los demás, no es otra cosa sino obrar el bien a quienes nos rodean, y por esa razón el amar -en el sentido correcto que implica al alma- supone un claro discernimiento de lo que es bueno de lo que es malo, exige conocer la enorme diferencia que existe entre un acto egoísta -saciar a nuestro ego- de un acto de amor -darse al prójimo-. Y aún más importante que los actos son los propios pensamientos. Lo que pasa por nuestra cabeza puede ser tan importante como el acto mismo que imagina. ¿No es cierto que sufrimos con un pensamiento? Esa sensibilidad del alma a nuestros deseos es algo que en nuestra sociedad carece de relevancia y sin embargo es absolutamente esencial para que una misma persona sea plena o se hunda en una desgraciada depresión, ¡no por sus circunstancias!, sino por la manera en la que interiormente las encara (y no me refiero a ser optimista o pesimista, la alegría poco tiene que ver con eso) Pero basta encender la televisión para comprender cuán lejos de esta capacidad de distinción entre lo bueno y lo malo estamos en nuestra sociedad.

Si, la ecuación es bien sencilla, el alma es plena en el amor, y el amor es la pura bondad, la plena entrega. Esta es la auténtica fuente de plenitud y dicha en la vida.

Y llegados a este punto la pregunta ineludible e insalvable que nos debemos formular sería la siguiente: ¿es posible  vivir en este Amor sin buscar ni conocer a la fuente del mismo, Dios?

No, la plenitud no te la dará la autoestima sino el amor, ahora bien, ¿cómo llenar tu vida de amor?

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2 Respuestas a “La trampa de la autoestima (II)

  1. Pingback: La trampa de la autoestima « Siete círculos

  2. Yo pienso que la autoestima puede ser ególatra, sí. Pero eso sería una autoestima desbordada, sería ego, fantasía sobre uno mismo y eso, conduce al sufrimiento. Pero lo que también creo es que la autoestima puede ser confianza en uno mismo reconociendo nuestras virtudes y defectos y tratando de corregir estos últimos. La autoestima es fácil cuando nos sentimos queridos, pues nos aceptamos, nos sabemos valiosos y ello nos estimula para vivir. Pero en soledad, debemos suplir esa carencia con un sentimiento de aceptación, de no infravalorar lo que somos por desánimo ni supervalorarlo.
    Creo que con el amor pasa algo parecido, si me siento querido, soy proclive al amor. Si estoy solo o desolado, puedo intentar amar como principio de relación con todos los seres, pero, ¿como voy a amar a alguien cruel que hace daño a los seres y no tiene conciencia? ¿como voy a amar a alguien que utiliza todo su potencial, su soberbia para ostentar más soberbia?…
    El amor puede convertirse en una fuerza inocua cuando lo das a raudales y te da la impresión de que esa fuerza se evapora como el agua… porque no recibes sino incomprensión. Y uno no tiene por qué haber nacido para santo. Alguien como yo, ama por principio a todas las personas pero luego se da cuenta de los horrores que pueden realizar esas personas y no tener fuerzas para amarlas. Y es que yo, solo soy un ser humano, no soy Cristo ni el santo Job.

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