Del amar y del sufrir

Llegados a una edad todos hemos tenido que experimentar el sufrimiento, o mejor expresado, ser conscientes de lo que es el sufrimiento. Sabemos que hay pensamientos, que acompañados de las circunstancias requeridas, pueden pulverizarnos, reducirnos a cenizas, hundirnos en el abismo, deprimirnos. Cuando descubrimos estos comprendemos que quizás nosotros mismos somos nuestro peor enemigo, algo así como una auténtica bomba de relojería, que debe manipularse con cuidado, desactivarse. Comprendemos que debemos estar ocupados, rodeados de amigos, familia, pareja, en suma, una sana vida afectiva… sabemos que en la adversidad tenemos que buscar los pensamientos que nos animen, que nos permitan salir adelante, pero, aún así, incluso sin necesidad de grandes contratiempos, no somos plenamente felices, y podemos caer en la mas absoluta de las oscuridades interiores. Sucede que ignoramos para qué estamos hechos.

Poseemos una capacidad física, que podemos cultivar en un gimnasio, o que al menos debemos vigilar para que nos repercuta en una cierta carencia de salud. Tenemos una capacidad intelectual y necesitamos un entretenimiento cultural y artístico, entretenimiento que como bien sabemos se puede saciar con el más sublime arte pero que también satisfacemos con el más morboso de los programas televisivos. Pero ninguna de estas dos realidades tiene relación con la felicidad. El eje sobre el que se mueve el parámetro de la felicidad es el del espíritu, y nuestra alma esta hecha para llenarse de amor, caso en el que somos felices, o para estar vacía, y en ese momento moramos en la pura angustia.

¿Y qué sucede? Para empezar muchas veces el concepto de amor que definimos no es el que se corresponde con nuestra naturaleza humana. Podemos conceptualizar el amor como mejor nos parezca… podemos pensar que amar es hacer el amor, podemos creer que amar es estar enamorado, o simplemente querer a alguien… podemos pensar que cuando necesitamos a alguien es porque realmente lo amamos… Pero eso es como si nos empeñásemos en cambiar las matemáticas y decidimos que uno y uno son tres, o cero. No podemos cambiar la naturaleza de nuestra alma de la misma manera que no podemos dejar de ser humanos y por tanto no podemos cambiar la esencia del amor que nos colma, por más que intelectualmente, moralmente, ideológicamente nos gustaría que fuera de otra manera. Sucede además que la naturaleza del amor es exclusiva y puramente generosa, amar es darse al prójimo… ni siquiera hace falta estar enamorado, ni tener pareja o familia, basta estar junto a una persona para mirarla con los ojos del amor. Cualquier valoración que incluya el más mínimo género de compensación, de contrapartida, nos aleja de ese concepto y sea cual sea la relación que subyazca  tras esa idea equivocada, será más imperfecta cuanto más alejada esté de esa forma de amar, no nos conducirá a la plenitud. Si lo piensas detenidamente descubrirás que lo que colma tu corazón es tu capacidad de darte a quien consideras que amas, no tu capacidad de recibir de esa persona.

Y finalmente, ¿por qué sufrimos? Sufrimos básicamente porque si bien nuestra naturaleza esta hecha para amar con esa generosidad de la que hablo, nuestro impulso primario es el buscar el satisfacer lo que se nos antojan nuestras necesidades y deseos, es decir, nos lleva en la dirección absolutamente contraria, se centra en recibir. Cuando la vida de una persona se fija en satisfacer plenamente sus propias necesidades encontrará tarde o temprano fuentes inagotables de sufrimiento, ni siquiera sin esperar a que los reveses de la vida lleguen -que llegarán- . ¿Como ilustrar esto? Nuestro ego sufre si no recibimos las alabanzas que nos gustarían, si no recibimos el cariño esperado, si no se valora nuestro trabajo o nuestro esfuerzo doméstico, en suma si no recibimos lo que esperamos pero también si lo que llega a nuestra vida no es lo ideal, es decir, si se presentan nubarrones laborales, económicos, de salud, si nuestra pareja no responde a nuestro ideal, si nos dan malas noticias, si las cosas no salen como deseábamos… por no hablar de los daños que nos puedan infringir con mala intención, la mentira y la calumnia, etc… que se traducen en el consiguiente “¿por qué me han hecho esto a mí?”… todos estos pensamientos tienen un común denominador; esperamos algo de los demás, de las circunstancias… pero esperamos recibir…siempre miramos lo que llega fuera de nosotros mismos… y alguien dirá… ¿podría ser de otro modo? ¿es que no son estas razones más que suficientes para sufrir o sentir al menos un cierto pesar y preocupación o aunque sea, insatisfacción? Mi respuesta es contundente; Sí, por supuesto, se puede vivir en plenitud en la adversidad, en la incomprensión, en la dificultad, en el dolor… ¡cuánto más incluso si no se experimentan esas contrariedades! Se puede vivir hacia los demás, no esperando recibir nada sino simplemente pensando en dar… pero para ello hace falta encontrar la plenitud interior, la fuente de amor que colma el alma y que la desborda, hace falta dar con ese yugo suave y esa carga ligera, tan ligera, que resulta una auténtica liberación. Y es que el sufrimiento no es una circunstancia en la vida, responde a una actitud interior de la misma manera que la plenitud tampoco es una circunstancia en la vida, es igualmente una actitud interior. Cada uno ha de enfrentarse consigo mismo y dar con esa verdad que constituye la auténtica naturaleza del alma, descubrir qué la colma, entender para qué está hecha. Y para ese enfrentarse sinceramente con uno mismo hace falta valor.

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