A menudo olvidamos qué es lo verdaderamente importante
… y es triste que esto suceda justamente cuando oramos
Recientemente mantenía una relajada conversación con personas de fe. El debate sobre el que giraban nuestras opiniones era el del poder de la oración, y en concreto nos preguntábamos hasta qué punto puede ésta cambiar a las personas por las que rezamos, pues si bien no hay mayor bien que tener a Dios en la vida, y no hay mejor petición que ésta para los demás, bien es cierto que El no quiere ver nuestra libertad coartada. Así, si oramos por los que de El necesitan sin saberlo… ¿no es acaso una oración inútil pues no implica en cierto modo saltar por encima de su propia libertad?
Y esta consideración tan baladí en un principio ha ocupado mis pensamientos por bastante tiempo. Aquí te expongo mis simples conclusiones….
Orar es mirar a Dios, desear alcanzarlo…
es llenar nuestro corazón de Amor,
y esto es vivir para los demás
Cuando oramos por alguien
queremos que su corazón cambie
que ansíe el máximo Bien
la mayor Bondad
y en consecuencia,
que sea feliz
libre de los lastres del egoísmo…
¡verdadero cambio,
verdadero milagro!
Para pedir esto tu propio corazón
ha de estar henchido de bondad.
No cabe la más mínima intención egoísta
ni sitio para lucimientos
ni vanaglorias
no ha lugar vanidad ni ostentación
Esta oración es tan secreta
que exige tu silencio absoluto
siempre…
…sólo El escucha
¡qué difícil!
Y sí, los milagros suceden…
desde la más pequeña de las peticiones
a la más extraordinaria
cuando es la recta intención quien la guía
y conduce a la Bondad
nuestro Padre no nos la niega
Ah… piensa…
el que escribe estas líneas…
¿no recibió la gracia sino a través de la constante
insistente y convincente petición
de una sola persona?
¡Bien me consta!
Sí, los milagros suceden
los he visto
los he vivido.
Marcos 2, 9-11 ¿Qué es más fácil, decir al paralítico: Tus pecados te son perdonados, o decirle: Levántate, toma tu lecho y anda?. Pues para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados (dijo al paralítico): A ti te digo: Levántate, toma tu lecho, y vete a tu casa.

Eran las siete de la mañana, mientras conducía escuchaba un CD de Ennio Morricone, hasta que mi amiga Raquel puso otro “más potable”. Eligió uno al azar (o no tan al azar). Y una canción empezó a estremecerme.
“Como duele el alma
no saber amarte …
Como duele el alma
si no estoy contigo
yo no imagino
la vida sin ti…”
Estas letras del gran cantautor chileno Alberto Plaza hacían arder, hacían vibrar a mi corazón que no hacía más que susurrarme una y otra vez: “Si no estoy contigo…”
Y sí, los milagros suceden.
Los milagros suceden diariamente y sólo tenemos que estar atentos, mirar con el corazón. Dios habla como quiere incluso a través de una canción o por medio de un hombre de carne y hueso que precisamente no es un monje trapense. A Dios no lo ha visto nadie con los ojos, pero sentimos su presencia de mil formas y maneras…
… Continua mi corazón susurrándome: “Como duele el alma, si no estoy contigo” “si no estoy contigo”.
¡Dios mío, cómo despiertas todas las cuerdas de mi corazón!
Si no estoy contigo, si mi corazón no palpita por ti, si mi corazón no vive en ti, caigo en el vacío, en el tedio, en el aburrimiento, en la desesperación y mi vida no tendría sentido. Sólo Tú, Sólo Tú, amado mío, Dios verdadero, quitas el desasosiego. ¡Tú eres mi fortaleza! ¡Tú eres la ternura de mi corazón!
¡Dios no es solamente el Padre! ¡Dios es tu Padre! ¡Dios es mi Padre!
¡Tú eres su hijo querido! ¡Yo soy su hija querida!
¡Está dentro de ti! ¡Está dentro de mí!
Y en la intimidad y soledad de tu corazón, y en la intimidad y soledad de mi corazón, nos encontramos con Él…
… Y nos miramos Tú y Yo.
Y es entonces cuando vemos y vivimos el gran milagro… ¡Eres único e irrepetible! ¡Soy única e irrepetible! ¿Existe mayor milagro que éste?
¡Sí, los milagros existen! ¡Sí, los milagros suceden! Y sólo y únicamente pueden verse en el silencio de tu corazón, en el silencio de mi corazón…
… Continua mi corazón susurrándome: “Como duele el alma, si no estoy contigo” “si no estoy contigo”.
¡Él está contigo! ¡Él está conmigo!
Pero tú: ¿Estás con Él?
Y yo: ¿Estoy con Él?
Y desde lo más profundo de mi corazón en la última soledad te respondo: ¡Sí, estoy con Él! Y no dejo de decirle con todas mis fuerzas y con todo mi amor:¡Estoy contigo, amado mío! ¡Estoy contigo, amado mío! ¡Estoy contigo, amado mío!
“No tengas miedo, pues yo estoy contigo; no temas, pues yo soy tu Dios. Yo te doy fuerzas, yo te ayudo, yo te sostengo con mi mano victoriosa” Isaías 41, 10