Ojalá, cada vez que rezare la oración al Padre, mi corazón fuera capaz de vivir, desear, anhelar, con sed sincera y sentida, el manantial de sentimientos y buenos deseos que estas palabras sencillas esconden
Padre y Señor mío
humildemente os solicito
Venga a nosotros tu Reino
Acude a mi corazón y dignifícalo
vístelo con tu luz y tu gloria
despeja todo mal sentimiento que os incomode
y ahuyenta, os lo imploro, todo deseo que me aleje de Vos
Os ruego mostréis a mi corazón el camino del Amor
para que lleno de él
lo comparta sin medida con quienes me rodean
Derramad en él misericordia y magnanimidad
y enseñadme a dispensarlas en el prójimo sin excusa
mostradme la senda de la humildad
para que sea siempre mi guía y actitud
en el trato con mis hermanos
Ah, Señor, os ofrezco verdaderamente mi corazón
para que sea por siempre
vuestro hogar y dulce morada,
auténtico Reino tuyo, Señor
amén

¡Venga a nosotros tu reino!
¡Mi corazón está inquieto! ¿Son las circunstancias del mundo de afuera las que perturban mi corazón? Leo una simple línea escrita con letras verdes en la puerta de mi habitación para recordarlo con fuerza cuando tengo que salir al mundo de afuera: “Los milagros suceden”.
¿Encontrar la verdad? ¿Es qué podemos abrigar la esperanza de encontrar la verdad? (Mi corazón vibra intensamente y no deja de decirme: Los milagros suceden). ¿Dónde encontrarla? Como decía San Agustín con una expresión muy conocida: “Nos has hecho, Señor, para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti”.
¡Esa verdad eres Tú: Cristo! ¡Dios verdadero! ¡Venga a nosotros tu reino!
Mi corazón evoca una de las oraciones más sublimes de las Confesiones (X, 27,38): “¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Y he aquí que tú estabas dentro de mí y yo fuera, y por fuera te buscaba; y deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas hermosas que tú creaste. Tú estabas conmigo, mas yo no lo estaba contigo. Reteníanme lejos de ti aquellas cosas que, si no estuviesen en ti, no serían. Llamaste y clamaste, y rompiste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y fugaste mi ceguera; exhalaste tu perfume y respiré, y suspiro por ti; gusté de ti, y siento hambre y sed, me tocaste, y abraséme en tu paz”.
Las palabras sobran…
… En el infinito e invisible silencio de mi corazón me regalas tu sonrisa y me dices:
“Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie viene al Padre sino por mí.” Juan 14, 6.