Aceptación de sí mismo

Un filósofo trataba de explicar la naturaleza de la virtud a sus alumnos y les decía; la auténtica virtud no sólo reside en lo que una persona hace, sino más bien, en lo que esa persona desea.

A menudo, el contrapeso de lo que una persona hace o desea en la vida, – propiciado principalmente por los valores de nuestra sociedad especialmente hedonista, en la que Dios no está presente- no es sino lo que la prudencia aconseja… y la prudencia es un freno que por mucho usarse, puede desagastarse por completo.

En la búsqueda de la permanente autosastisfacción, de la plenitud, o de la felicidad… se cometen toda clase de excesos, porque el alma humana, una vez emprende una dirección y levantados los vientos del deseo en pos de algo, puede avanzar tanto y llevarnos tan lejos y a lugares tan tenebrosos y oscuros, que las personas acaban por ser apagadas por completo y vivir en la ausencia total de luz…, y al decir esto, me refiero a su capacidad de amar, pues es esta capacidad la que nos permite vivir en alegría y plenitud, iluminar y ser fuente de luz.

Sin embargo, muchos, empujados por los vientos del amor propio, inician rumbos muy diversos pero que no llevan a ningún sitio ni luminoso ni acogedor. Los que se dejan llevar por la vanidad se decepcionarán al percibir que con los años toda belleza o atributo de cualquier clase es pasajero. Los que se alimentan de la soberbia, descubrirán que su insatisfacción es permanente pues nadie reconoce sus méritos en la medida y forma que les gustaría. Los que exigen un trato exquisito de las personas y esperan un comportamiento ideal vivirán en el permanente dolor de sentirse defraudados y ofendidos. Los que persiguen una meta material acabarán encerrados en su pequeño mundo interior de cuatro paredes, absolutamente vacíos y faltos de alegría. Pero de la misma manera muchos otros se hunden en abismos oscuros, también zarandeados por las mismas olas y tempestades, sólo que no han poseído aquello que ansiaban. Así los que deseaban cualidades físicas que no poseen, o inteligencia, o prestigio, o dinero, o poder… y sufren por ello menospreciándose, padecen otra clase de dolor, la frustración, pero que tiene su raíz en el mismo centro del espíritu humano, nuestro egoísmo.

Incluso el amor puede percibirse como una necesidad y el hecho de tener pareja o sentirse amados establecerse como algo  que debe ser satisfecho, pero cuando esta perspectiva, que no es la del amor verdadero, se convierte en el eje a través del cual se visionan las relaciones personales, se termina deformando y destruyendo irremisiblemente dichas relaciones. El ego es insaciable y no tardará en mostrar todo aquello que se nos revela como insuficiente de lo que recibimos de nuestra pareja, o amistades, o familiares…  es la raíz del descalabro social y familiar que padecemos hoy día; la justificación a través de los defectos ajenos de nuestra insatisfacción personal, originada en un incontrolable amor propio.

Todo lo que parte de nuestro egoísmo es fuente de insatisfacción, y así, tanto si miramos nuestra vida desde la perspectiva del amor propio, o la autoestima, intentando buscar la autosatisfacción personal, como  si miramos nuestra vida desde la perspectiva del menosprecio hacia sí mismo, obteniendo fruto de esa mirada melancolías y tristezas, víctimas de una suerte de desprecio personal… en ambos casos, ese vacío, esa ausencia de plenitud, tiene su origen en una perspectiva equivocada del sentido de la vida, de la naturaleza esencial del alma humana, que es el Amor.

¿Qué hacer? ¿Cuál es el punto de partida?

El mejor punto de partida para huir del tormento de una vida que gira en torno a nuestro insaciable ego es la aceptación. La aceptación de cada una de nuestras limitaciones, o aptitudes, de dones y virtudes… y también defectos y malas cualidades… somos imperfectos, y aún así podemos vivir en paz y plenitud. Es la aceptación de nuestras personas, tal y como somos, el primer síntoma de verdadera humildad. Y de esa aceptación debe nacer un desprendimiento por lo que nos gustaría ser o tener y carecemos, y gratitud por lo que sí tenemos o somos. Y esta aceptación de sí mismos nacerá naturalmente de nosotros desde que dejemos de tener la vista centrada hipnóticamente en nuestro ego.

Dicho esto, podría pensarse que conocida la fuente de insatisfacción, ¿es la vida simplemente un contener esa sed insaciable a través de un largo y penoso ejercicio de estoicismo y autocontrol?

No. Las personas que han tenido la dicha de experimentar el encuentro con esa verdad liberadora, la del alma hecha para amar a Dios sobre todas las cosas, te dirán inmediatamente que el alma humana está imperiosamente llamada a estar en movimiento, en pos de Aquel que nos ha creado. Su llamada es un clamor de amor y aquel que responde a ella encuentra la dicha de una vida en paz consigo mismo. El medio  por el que apartamos la mirada de nosotros mismos y la dirigimos a Dios es la oración. En ella hemos de aprender a aceptar el cómo somos, ¡pero no para conformarnos en ello! sino porque es el punto del cuál partimos. Cuando se descubre la senda del espíritu, el alma queda prendida de una nueva ambición, de un poderoso deseo, llenarse de amor a Dios… y este deseo nos empuja a cambiar, a llenarnos de bondad, santidad, justicia, sabiduría… amor. Y ese deseo te impele mucho más allá de tus limitaciones y defectos, carencias o dificultades…

Experimentado esto, todo lo demás importa poco.

Mateo 25, 14-15; Porque el Reino de los cielos es como un hombre, que yéndose lejos, llamó a sus siervos y les entregó sus bienes. A uno dio cinco talentos, y a otro dos, y a otro uno, a cada uno conforme su capacidad, y luego se fue lejos.


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