Trascendencia, o la libertad del espíritu

Las personas erigimos nuestras propias cárceles interiores… y es que, somos prisioneros de lo que deseamos.

Este blog que tienes ante ti no pretende ser un alegato doctrinal, un elaborado esfuerzo intelectual que demuestra de manera razonable como el camino de la fe conduce a la felicidad, ese bien indescriptible que da la paz interior. Lo que lees es fruto de una experiencia personal, seguramente imprecisa y torpemente trasladada a palabras y frases, pero siempre será una redacción que pretende ser fiel a una forma de comprender la vida iluminada por la fe.

Recientemente he vuelto a participar en conversaciones donde las personas, en la sinceridad de la amistad confiada, reconocen que falta algo en sus vidas. Aparentemente poseen todo lo que podría considerarse como deseable. Posición y dinero, familia, status, … todo lo que un nivel de vida elevado y a salvo de adversidades puede proporcionar, y sin embargo, ¡falla algo! Se sienten insatisfechas.

Hace años, yo mismo podría haber dicho algo similar si hubiera sido sincero conmigo mismo. Muchas veces huimos de la posibilidad de reconocer esta gran verdad del ser humano, nuestra sed del espíritu es insaciable, y por más que nos sustentamos de vivencias y circunstancias, nada logramos, porque el ser espiritual que nos constituye no se colma de esa manera. Así que seguimos adelante en nuestras vidas pensando que nuestra insatisfacción es más bien culpa de nuestra pareja, que no nos encandila o enamora como antaño… o culpa de mil otras circunstancias, laborales, familiares, sociales… nunca seremos nosotros mismos los culpables de nuestra propia insatisfacción sino que echaremos en falta “aquella” circunstancia ideal que caso de darse nos colmaría de felicidad… Y entonces miramos hacia el futuro pensando que todo nos llegará, que tarde o temprano conseguiremos lo que ansiamos. Por más adultos que nos digamos ser, la mayoría seguimos comportándonos como el niño pequeño, que en cuanto le dan un juguete se aburre con él y quiere uno nuevo. El que se posee nunca basta. ¿No nos damos cuenta que así pasamos la vida? ¿Y qué es lo que pensamos cuando vemos a ese chiquitin que tan pronto se cansa de una cosa quiere la siguiente? Vivimos en la insatisfacción, y una y otra vez no tenemos más madurez que un niño pequeño, incapaces de darnos cuenta que la culpa no reside en la imperfección del nuevo  juguete que deshechamos, sino que tal vez sea que lo que buscamos no bastará para saciar nuestra sed interior.

Llega una edad donde las personas tienden a preguntarse cosas. Cuando se es más joven el futuro siempre es la solución y por malas que sean las circunstancias hay mucha vida por delante, pocas ganas de reflexionar en profundidad, y el pensamiento -¡erróneo! – de que por más equivocado que esté uno, siempre se puede rectificar más adelante. (Sí, se puede rectificar, pero hay cicatrices que pueden acompañarte para siempre) Así pues, como decíamos, llegada cierta edad, tal  vez a partir de los treinta, una persona puede empezar a comprender que ya ha recorrido un trecho importante de la vida… y si ha conseguido algunas de las metas que se había propuesto y ha tenido la suficiente valentía y capacidad de introspección, comprenderá, reconocerá, que esas metas, esos objetivos, esos logros, no aplacan su sed interior. Necesita emprender el camino hacia adelante buscando nuevos horizontes… nuestro espíritu es verdaderamente inconformista, pero tal vez empieza a comprender que cuando era más joven también pensaba igual. ¿Acaso toda la vida va a ser un correr hacia adelante en pos de algo que nunca se obtiene? Esta pregunta resulta inquietante y recuerdo que yo mismo, al llegar a la treintena y disfrutar de una vida hasta cierto punto envidiable por mis circunstancias, sufría el incordio de esta cuestión en noches insomnes. Me decía… ¿y ahora qué más quiero lograr?

Y en cierto punto, a cierta altura del camino, toda persona sufre el riesgo de quebrarse. Llegado un momento, una edad, podemos caer en la amargura que genera la resignación, cuando queremos aplacar esa sed del espíritu, cuando no nos queda más remedio que asumir que tal vez tengamos que renunciar a nuestros sueños y deseos. Olvidamos la lección que ya debíamos haber aprendido.

He aquí los extremos entre los que transcurren muchas vidas… algunos en la esperanza de lograr metas, a veces inalcanzables, la gran mayoría de las veces insatisfactorias… y de aquellos otros que ya comprobaron cuán fútiles fueron sus logros o que funesta resignación provoca el pensar – erróneamente- que su infelicidad radica en lo que no alcanzaron…

Con el tiempo y la vida de oración, el entendimiento de esta sed universal a la que todos estamos sujetos se me hizo evidente. Sólo en la trascendencia, en la comprensión de nuestra naturaleza espiritual que tiene su único sentido en la búsqueda de Dios, es cuando el alma humana encuentra su culmen, su cenit, y se experimenta la dicha de la vida plena. Hablo de una decisión interior que se traduce en el compromiso de buscar la bondad antes que el propio bien. No es ciertamente esto que escribo un argumento, es una experiencia. Como experiencia es algo que cada cual ha de vivir interiormente, y el camino que lleva a dicho encuentro con Dios sólo pasa por la oración, el tiempo clave de cada día donde nuestro espíritu puede desprenderse de los pequeños espejismos, de los lastres que por muy honestos que sean en sí mismos, impiden a nuestra alma buscar, desear, descansar…. absolutamente en Dios. Cuando se experimenta esta verdad del espíritu se comprende por vez primera lo que es la vida espiritual… de hecho, es a partir de esta experiencia donde el Evangelio empieza a mostrar con transparencia  todo su alcance y profundidad.

San Juan, 8, 34: Jesús les respondió: De cierto, de cierto os digo, que todo aquel que hace pecado, esclavo es del pecado.

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Una respuesta a “Trascendencia, o la libertad del espíritu

  1. la verdad, es muy certero el texto y/o experiencia, ese vacio que muchas personas no pueden satisfacer o llenar, se lo ecuentra en la vida espiritual estoy muy de acuerdo con esto a pesar de que yo soy un adolescente de 16 años y no eh vivido demasiadas experiencias en la vida,pero hay algo en que estoy d acuerdo es que cada experiencia se vive diferente pero el resultado de ella es la misma; siempre nos lleva al mismo mensaje, yo soy catolico y creo en dios, y hubo miles de formas y mensajes para que yo tenga fe en el, se dice que a cada uno se los llama diferente pero siempre somos llamados al amor de cristo, gracias por compartir el texto

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