Archivo mensual: septiembre 2010

La parábola de los talentos

Antes de que el pintor llegara a plasmar su obra culmen… ¿cuántos borradores fallidos, dibujos insatisfactorios, cuadros inacabados… hubo de descartar?

¿Por qué no soy ese cristiano ideal, amable, tolerante, comprensivo, alegre, espontáneo, lleno de vitalidad, siempre optimista, pleno en la vida incluso en la peor de las adversidades, profundo cuando la ocasión lo requiere, y lleno de simpatía con la gente, incapaz de prejuzgar a nadie ni por su aspecto ni sus obras, de mirada clara, que no conoce el miedo ni el temor, que dice su verdad tranquilamente, que sabe escuchar, que siente lo que las personas sienten, que está lleno de Amor?

Por muchas razones la mayoría de los cristianos dejamos muchísimo que desear.  Ciertamente que cada cual tiene sus talentos, sus aptitudes, sus dones. Desde un punto de vista espiritual cada don es cada faceta de nuestra personalidad que nos acerca a la santidad, que nos allega a Dios. El don es parte de nuestra personalidad, de nuestra apariencia, de nuestro carácter…  una predisposición innata, connatural a cada uno que nos inclina hacia el bien. Cada persona tiene el suyo… o los suyos. En una puede ser la belleza, en otra la inteligencia, en uno puede ser el saber escuchar, y en otro la de empatizar, en uno  la capacidad de liderar y en otro tal vez sea la capacidad de ser servicial, en uno prima la oratoria y en el otro el talento literario. Todos tenemos uno o varios dones… y la primera pregunta que deberíamos hacernos, la primera cuestión a plantear en la aventura del propio conocimiento,  es el de su descubrimiento.

No se trata de ver los dones desde el punto de vista del mundo, que sólo valora la apariencia de las cosas, el sobresalir y destacar… la faceta competitiva de cada ser humano, sino descubrirlos desde  el punto de vista espiritual, una perspectiva drásticamente distinta. ¿Cuáles son nuestras características personales que nos predisponen a cumplir la voluntad de Dios, a hacer el bien, a sacar lo mejor de nosotros mismos y de los demás?

Y es importante conocer esto, porque en función de cada don personal, nuestro camino hacia Dios puede ser muy diferente. Así está el que puede encontrar el camino a través de la vida contemplativa en contraste con aquel otro que haya su camino a través de la acción social, o el  que encuentra su vocación en el servicio abnegado al prójimo …. No hay una receta única establecida, común a todos, para servir  a Dios, pero sí una gran responsabilidad individual ante lo que cada uno ha recibido. Conociéndonos verdaderamente habrá de resultar más fácil comprender qué espera Dios de cada uno.

Desgraciadamente creemos que entre la infinidad, entre la multitudinaria cantidad de seres humanos que habitamos este planeta, nuestra voluntad, nuestra acción, se disuelve y queda en nada. Ante esa casi nula capacidad de influencia sobre el resto nos conformamos en una frase que resume nuestra inacción: “qué mal está el mundo” y “qué poco puedo hacer yo”.

Pero curiosamente, cuando una persona emprende el camino espiritual y se inicia en la oración tales frases dejan de tener sentido. El mundo no está mal… soy yo el que está mal si no hago nada, si no emprendo el camino que me lleva al Amor y que forzosamente pasa por el prójimo. La oración es el combustible que nos impele a movernos. En ella nos damos cuenta de que efectivamente, poca cosa somos, pero…. también podemos experimentar el vértigo de la aventura… de desconocer por completo lo que Dios puede hacer con instrumentos que se consideran así mismo nulos pero que se entregan a Él. Buscar a Dios es iniciar un camino que puede ser la mejor aventura de tu vida. Y para ello has de ver cuáles son tus dones, cómo pueden ser aprovechados, dónde eres útil realmente y dónde estorbas, para con humildad y rectitud de intención, avanzar paso a paso por esa senda espiritual.

Y es que para llegar a ser ese cristiano ideal que describía al inicio del artículo se ha de andar un largo camino que no puede recorrerse sin la previa introspección interior, sin el silencio en presencia de Dios, sin el propósito de llenarse de su bondad, de su santidad… es decir, sin la vida de oración, ese tiempo clave en el que los milagros pueden obrarse en nosotros. De esa manera una persona puede transformarse en ese hombre o mujer ideal, pletórico de virtudes, animoso, dispensador de paz y buenos consejos, serena amistad, imperturbable en la adversidad, lleno de capacidad de perdón, alegre incluso ante las contrariedades… y así, lo que inicialmente era un simple don, se multiplicó en ciento.

Mateo 25; 20-21:  Y llegando el que había recibido cinco talentos, trajo otros cinco talentos, diciendo: Señor, cinco talentos me entregaste; aquí tienes, he ganado otros cinco talentos sobre ellos. Y su señor le dijo: Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor.

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