Tal vez no sea el hecho de que el camello sea grande.
Tal vez somos nosotros los que empequeñecemos la puerta a un tamaño ínfimo.
Un día entendí que sin hacer oración era imposible encontrar a Dios en nuestro interior.
Más tarde comprendí que no sólo eso bastaba, además había que desear ese encuentro.
Ese deseo debía ser intenso y sincero, sin causa egoísta, sino sentido como lo más propio y natural del ser humano:
Estamos hechos para amar a Dios… esa es la Verdad que nos hace libres.
Y el deseo que nos conduce a El ha de ser: amar a Dios sobre todas las cosas
Aún así… no entendía porque tantos cristianos, que incluso oran, no viven la dicha del encuentro con Dios, ¡es tan fácil amarlo!
Y entonces comprendí cuan pobre resulta a menudo la idea de lo que es el Amor.
De esa manera, nosotros mismos, cada uno en particular, empequeñecemos nuestro acceso al Reino de Dios.
Es curioso, porque diariamente millones y millones de personas pedimos a Dios ese descubrimiento interior sin saberlo.
Con cada Padrenuestro rogamos: “… venga a nosotros tu Reino…”
¿Y qué es entrar en el Reino de Dios sino experimentar el conocimiento de Dios y su amor, ya, ¡ahora!, en nuestra propia vida?
Y tal conocimiento brinda felicidad, dicha, consuelo, paz… ¡siempre!
Pero no lo hallamos, porque empequeñecemos tanto la puerta que nos conduce a ese Reino
que lo hacemos inaccesible, inalcanzable
Sucede cuando nos buscamos a nosotros mismos y nuestra felicidad
en vez de buscar satisfacer la voluntad del Padre
en nuestra vida
Sucede al apegarnos
a los bienes de este mundo; desde las posesiones materiales
a valores honestos como la familia, la pareja, el trabajo
pero que en nuestro interior son deseados con más ímpetu que a Dios mismo
Sucede cuando pedimos a Dios
que mejore nuestras circunstancias, resuelva nuestros problemas,
en vez de pedirle que nos muestre el camino a El
a través de esas mismas circunstancias y problemas
Sucede cuando no descubrimos
que el amor también es renunciar a uno mismo
y vivir la vida buscando el servicio al prójimo
bien sea nuestra pareja, amigo, desconocido… enemigo
Sucede cuando por orgullo
ignoramos lo que es el verdadero perdón
o nos autoflagelamos interiormente sin compasión
al ver nuestros fallos y fracasos
Sucede cuando por soberbia
creemos que está en nuestra mano el ser perfectos
llenos de virtud y ejemplo para los demás
olvidando que no somos sino torpes instrumentos de Dios
Nuestra pobre idea de lo que es el amor
se recorta en cada una de esas actitudes,
la desarticulamos, descomponemos, desgajamos
… disminuimos,
¡tanto!, que somos como el rico
-tanto atesoramos para nosotros
tan poco queda al Amor-
que hemos hecho tan pequeño el acceso al Reino de Dios
que sólo un milagro haría posible entrar en él.
Mateo 19, 24: Otra vez os digo, que es más fácil pasar un camello por el ojo de una aguja, que entrar un rico en el reino de Dios
Ah! ¡pero no te desconsueles pensando en la dificultad de lograr el perfecto Amor!
El amor de Dios por nosotros, su misericordia, ¡es tan grande!
que no nos exige ser perfectos en el amor para acceder al Reino de Dios
Basta con que, en la oración practicada a diario,
desees ese perfecto Amor en ti
para que El, poco a poco,
lenta y dulcemente,
haga brotar de tu corazón
una fuente de agua viva
cuyo primer sabor será el del dulce arrepentimiento
y así, las puertas del Reino se abrirán a tu paso
¡de par en par!
y un camino de luz se mostrará a tus pies…
Mateo 19, 26: Y mirándolos Jesús les dijo: Para los hombres esto es imposible, más para Dios todo es posible.
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Me parece muy bien su comentario creo que esta bien encaminado, felicidades.
Gracias